miércoles, 4 de mayo de 2011

HEMEROTECA: LA REINA (Maria Luisa), SU NIETO (Juan Carlos) y 646 COMENTARIOS MUY ADECUADOS. El Confidencial

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Luego el primer plato


La Historia, como las mareas, siempre se repite. Año 1865. Con la Hacienda Pública hecha unos zorros a consecuencia de una Deuda que no había dejado de crecer, el entonces ministro del ramo, un tal Barzanallana, propuso a las Cortes hacer uso de un anticipo forzoso de 600 millones de pesetas, intento que sus señorías tumbaron sin piedad. La Reina, doña María Isabel Luisa de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, de cuya generosidad nunca hubo duda, hizo entonces aparición en escena proponiendo enajenar bienes del Real Patrimonio y dedicar el 75% de la cifra obtenida a aliviar la situación del Tesoro. El presidente del Consejo, general Narváez, El Espadón de Loja, se deshizo en elogios hacia el Real gesto y otro sí hicieron los pelotas de turno, siempre legión por estos páramos. “Cuán feliz es la nación que tiene una Reina tan grande, tan generosa, tan patriótica…” Pero hubo un tipo valiente, un hombre libre, porque entonces los había, que decidió salir por peteneras. Se trataba del líder republicano Castelar, que en un artículo publicado en La Democracia aseguró que los bienes del Real Patrimonio pertenecían al pueblo, y que ese 25% que pretendía reservarse la Señora era simple y llanamente un robo. Se armó la marimorena. El Gobierno abre expediente a Castelar con intención de expulsarle de su cátedra en la Universidad de Madrid. Los estudiantes se echan a la calle y, Guardia Civil en frente, tiene lugar la noche de San Daniel: 11 muertos y casi 200 heridos. Apenas tres años después, con el Reino sumido en el caos, Isabel II salía camino del exilio, tras la Gloriosa de 1868.

También ahora, 145 años después, el tataranieto de la reina castiza ha salido en socorro de una nación que sufre una de las más graves crisis económicas de su Historia por culpa de la insolvencia del presidente del Gobierno elegido por una mayoría de españoles. “¿Qué había de hacer yo, jovencilla, reina a los 14 años, sin ningún freno a mi voluntad, con todo el dinero a mano para mis antojos y para darme el gusto de favorecer a los necesitados, no viendo al lado mío más que personas que se doblaban como cañas, ni oyendo más que voces de adulación que me aturdían ¿Qué había de hacer yo…? Póngase en mi caso”, aseguraba en su exilio del parisino palacio Basilewsky, en una entrevista concedida al gran Pérez Galdós. No se sabe bien quién aconsejó a la Reina, rodeada toda su vida de una camarilla corrupta hasta la náusea, proponer la venta de parte del Real ajuar para ayudar a la Hacienda Pública, y tampoco se sabe ahora quién ha aconsejado a Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias abandonar su plácido laissez faire laissez passer para meterse en libros de caballerías de la política partidista. En 2010 no se trata de sacar a subasta la fortuna del Monarca para ponerla al servicio del Fisco, sino de forzar a la oposición a salir en socorro de un Gobierno inepto suscribiendo un gran Pacto de Estado.

No se sabe, pero se sospecha. Tras unas semanas de infarto para la solvencia del Reino de España, culminadas el martes 9 por una nueva pedrada de Zapatero a la ortodoxia fiscal (concesión de 426 euros a los parados que hayan agotado el subsidio de desempleo. Gasto social en todo lo alto. 511 millones a añadir a la cuenta, justo lo contrario de lo predicado el lunes por el secretario de Estado Campa en Londres, prometiendo a los inversores recortes adicionales del gasto), el Presidente rindió su habitual despacho de los martes con el Rey en Palacio, y allí pidió al Monarca su implicación directa en la actual coyuntura. ¿Sincera petición de auxilio o estratagema propia del maestro en cuestiones de agitación y propaganda que es ZP? La petición fue apoyada con entusiasmo por ese gran creador de republicanos que es Alberto Aza. El caso es que 36 horas después y sin venir a cuento, el Rey aprovechaba un acto con la ministra Garmendia para soltar su bomba: “Es hora de grandes esfuerzos y amplios acuerdos para superar juntos cuanto antes la crisis”. En la tarde de ese jueves, y a sugerencia de ZP,quien visita La Zarzuela es la ministra de Economía, Elena Salgado, se supone que para explicar al Rey del escenario de pobreza colectiva al que se enfrentan los españoles. El viernes, en fin, son los líderes sindicales quienes viajan a Palacio convocados por la Casa Real con apenas unas horas de antelación, encuentro inaudito, porque no resulta fácil imaginar a Isabel II de Inglaterra tomando el té con las Trade Unions para sacar del colapso al Gobierno de Gordon Brown. Y todo ello sin ningún tipo de aviso o anuncio previo a la calle Génova.

Colocar al PP extramuros del Sistema

La maniobra parece clara. Metiendo al Rey en la melee logramos involucrar a la más alta magistratura de la nación en un problema que tiene por causa la incapacidad del presidente del Gobierno para adoptar las medidas oportunas en el momento adecuado. Tinta de calamar: desvirtuamos el problema y enmascaramos a sus auténticos responsables. Y como el PP va a rechazar presumiblemente la invitación por tramposa, lo colocamos de nuevo extramuros del Sistema, al tiempo que lo señalamos con el dedo como el malo de esta película de miedo. El portavoz parlamentario del PSOE, José Antonio Alonso, daba en la diana: "Queremos un acuerdo, pero los signos que está emitiendo el PP no son muy buenos. Parece que Rajoy no está muy dispuesto". El diario El País remataba ayer la faena: “El PP impide el pacto de Estado”. Maniobra habilísima de Zapatero, pero tan arriesgada (véase el desconcierto el viernes de la propia Fernández de la Vega), tan fácilmente desmontable, que su mentor podría terminar pagando un alto precio por la misma. El mismo precio que el Rey.

Los poderes del Monarca están taxativamente fijados en el artículo 62 de la Constitución, y nada se dice allí de que pueda dirigir la política interior, coordinar las funciones del Gobierno y mucho menos ejercer sus competencias (arts. 97 y 98, CE, sobre la responsabilidad del Gobierno y su Presidente). La actuación frente a la crisis económica constituye acción inserta en la política interior, y por ende labor del Ejecutivo mediante el ejercicio coordinado de sus competencias. El art. 56, CE, alude a que el Rey “arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones”, pero también dice que “ejerce las funciones que expresamente le atribuyen la Constitución y las leyes”. Si el Rey, por mor de una situación cuya gravedad a él no le incumbe enjuiciar porque no entra en las facultades del art. 62, emplaza a las partes –partidos, patronal y sindicatos- a un pacto de rentas, está entrando en el ámbito competencial del Ejecutivo. Y si lo hace, sólo puede ampararse en su función arbitral y moderadora de las instituciones, lo que implica el reconocimiento de que el Gobierno y su Presidente, instituciones donde las haya, no están cumpliendo con su obligación. De modo que, si no ha sido a pedido del Gobierno, estamos ante una oficiosidad del Monarca, y si lo ha reclamado Zapatero constituye un clamoroso reconocimiento de su propia incapacidad, lo que debería llevarle a dimitir de inmediato.

Según el art. 64 de la CE, de los actos del Rey responde el Presidente del Gobierno o, en su caso, los Ministros competentes, porque el Rey es un “irresponsable” en términos jurídicos. Es decir, confesada la iniciativa real, debe ser el presidente del Gobierno quien responda de la misma. Atención, señor Rajoy, abandone su tradicional cachaza y póngale un poco de mostaza al guiso: ¿Reconocerá Moncloa que el Rey ha actuado como masajista de un Presidente del Gobierno que ha reconocido su propia incapacidad? La salida de la crisis depende de opciones hoy por hoy ideológicas –mantenimiento de esas “políticas sociales” tan queridas por ZP y tan caras para los demás, versus necesidad de “apretarse el cinturón” que preconiza la derecha, cuya variante más dura incluye la apelación al “sangre, sudor y lágrimas”-, opciones que, ante el desacuerdo constatado y la incompetencia advertida, pasan ineludiblemente por un adelanto electoral, salida lógica en una democracia, ello al margen del poco o mucho entusiasmo que generen los púgiles en liza.

Un salvavidas para Zapatero

Dicho lo cual, parece evidente que el Rey ha querido lanzar un salvavidas a un sujeto que, sin saber nadar, ha tenido la osadía de querer cruzar el océano caminando sobre las aguas con media España detrás. Gente distinguida circula por Madrid, sin embargo, que opina que el salvavidas se lo ha lanzado el Monarca a sí mismo. La iniciativa real hay que entenderla en el sentido de disposición de últimas voluntades, es decir, en términos testamentarios propios de quien abandona el cargo y desea liberar a sus herederos y siervos de todo tipo de desventura. Los rumores de una abdicación auspiciada por el Príncipe Felipe, su esposa y su madre, no han faltado a lo largo de enero. Pero si hay algo en lo que coinciden todos los que conocen a Juan Carlos I es en que solo abandonará el trono con la muerte, contexto en el cual lo ocurrido estos días con el famoso Pacto habría que entenderlo como un intento de coger carrerilla y tomar aire para unos cuantos años más, gracias a la popularidad que se supone debería otorgarle su generosa involucración en los problemas del país.

Isabel II, descrita por Comellas como «Desenvuelta, castiza, plena de espontaneidad y majeza, en el que el humor y el rasgo amable se mezclan con la chabacanería o la ordinariez, apasionada por la España cuya secular corona ceñía y también por sus amantes”, moría el 9 de abril de 1904, tras complicaciones bronco-pulmonares producidas por una gripe. Sus restos recibieron sepultura en el Panteón de los Reyes del Escorial. Pérez Galdós, que la entrevistó en París poco antes del deceso, dejó escrito este epitafio: “El reinado de Isabel se irá borrando de la memoria, y los males que trajo, así como los bienes que produjo, pasarán sin dejar rastro. La pobre Reina, tan fervorosamente amada en su niñez, esperanza y alegría del pueblo, emblema de la libertad, después hollada, escarnecida y arrojada del reino, baja al sepulcro sin que su muerte avive los entusiasmos ni los odios de otros días. Se juzgará su reinado con crítica severa: en él se verá el origen y el embrión de no pocos vicios de nuestra política; pero nadie niega ni desconoce la inmensa ternura de aquella alma ingenua, indolente, fácil a la piedad, al perdón, a la caridad, como incapaz de toda resolución tenaz y vigorosa. Doña Isabel vivió en perpetua infancia, y el mayor de sus infortunios fue haber nacido Reina y llevar en su mano la dirección moral de un pueblo, pesada obligación para tan tierna mano”. La Historia se repite. 
 

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