miércoles, 21 de junio de 2017

VERDADES QUE OFENDEN Y EL GOLPE DE ESTADO DE IZQUIERDAS, DE 1931 Y SU DICTADURA CONSECUENTE




La II Republica y el pucherazo de 1931. La estafa “democratica”



Las elecciones de 1931

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El plan electoral del gobierno Aznar —almirante Juan Bautista Aznar— en el año 1931 era el siguiente: comicios municipales el día 12 de abril, provinciales el 3 de mayo y parlamentarios el 7 de junio.
Antes de la fecha del 12 de abril, el día 5, se proclamaron en primera vuelta los concejales que se presentaban a la elección sin contrincante: 14.018 monárquicos y 1.832 republicanos, pasando a manos republicanas únicamente un pueblo de la provincia de Granada y otro de la provincia de Valencia. Buen presagio para los monárquicos, que pensaban que la agitación de los meses pasados y la imposición republicana en las calles, se diluiría ante la tendencia mayoritaria a favor de la monarquía.
Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, advirtió: “No se pueden establecer distinciones entre los concejales del campo y los de las ciudades ni clasificar a los electores entre los de primera, segunda y tercera categoría. (…) Cada hombre es un voto.” Por creer cantada la victoria o por otros motivos entonces silenciados, en vísperas de los comicios Romanones les dio alcance plebiscitario: “Se ventila (…) el porvenir de España y su forma de Gobierno.” Los republicanos y las izquierdas, sobre todo éstas,  acogieron calurosamente la idea.
Las elecciones municipales de abril de 1931 no fueron un plebiscito ni existía razón alguna para interpretarlas como tal. Su convocatoria no tuvo carácter de referéndum ni de elecciones a Cortes constituyentes. Tampoco fueron un triunfo electoral republicano.
Cuando el 12 de abril se celebró la segunda fase de las votaciones, volvió a repetirse la aplastante victoria monárquica. Frente a 5.575 concejales republicanos, los monárquicos consiguieron 22.150, cuatro veces más aproximadamente.
Sin embargo, estas cifras sólo equivalen a poco más de la cuarta parte de los concejales elegibles. Lo que sucedió con el resto de las candidaturas la II República nunca lo comunicó oficialmente. Los datos oficiosos que fueron publicados posteriormente en el Anuario Estadístico de 1932, por iniciativa del Instituto Nacional de Estadística y no, como era su deber, por el Ministerio de la Gobernación, muestran pese al retraso y a la manipulación que los concejales monárquicos lograron la mayoría.
Fue el propio gobierno de entonces, salvo dos miembros, los políticos monárquicos, los consejeros del monarca y dos de los mandos militares decisivos, Dámaso Berenguer, ministro de la Guerra, y José Sanjurjo, director de la Guardia Civil (quien posteriormente se levantaria contra la republica al observar el caracter sectario y revolucionario que en seguida adopto) , quienes otorgaron carácter plebiscitario a la consulta electoral aduciendo que los resultados eran un desastre para la monarquía y un éxito para la ambición republicana.
El predominio del voto republicano en la mayoría de las capitales de provincia —como en Madrid, donde el concejal socialista del PSOE, Andrés Saborit, ‘hizo votar’ por su partido a millares de muertos— contribuyó a esa sensación de derrota, junto a la creencia, infundada, de que los republicanos podían controlar la calle provocando algaradas y desmanes para hacerse con el poder. Durante la noche del 12 al 13, los ministros se reunieron informalmente en el ministerio de la Gobernación con el general Sanjurjo, jefe de la Guardia Civil y simpatizante de la república, segúnAlejandro Lerroux, quien dejó de manifiesto por telégrafo que no contendría un levantamiento contra la monarquía; extremo que los dirigentes republicanos conocieron en el acto gracias a los empleados de Correos adictos a su causa. Romanones le preguntó si podía contar con la fuerza de Orden Público y Sanjurjo respondió: “Hasta ayer por la noche podía contarse con ella.” Lo que dio pie a Romanones para concienciarse de que todo estaba perdido.
Por su parte, Berenguer, ausente de la reunión ministerial, envió por su cuenta un telegrama a las autoridades militares de provincias, haciéndoles notar la “derrota de las candidaturas monárquicas en las principales circunscripciones” y pidiéndoles “la mayor serenidad” (…) con el corazón puesto en los sagrados intereses de la Patria”, cuyos destinos “han de seguir, sin trastornos que la dañen intensamente, el curso lógico que les impone la suprema voluntad nacional.” El telegrama prontamente difundido por la prensa llenó de alegría a los republicanos y a las izquierdas.
En definitiva, Romanones, Sanjurjo y Berenguer, habían desahuciado por su cuenta y riesgo el régimen que teóricamente defendían.
Al amanecer del día 13 Romanones acudía a palacio. Confiesa: “Yo no acertaba con la fórmula de afirmar que todo estaba perdido, que no quedaba ya ni la más remota esperanza y, sin embargo, hablé con claridad suficiente, interrumpiéndome el rey con la frase: Yo no seré obstáculo en el camino que haya que tomar, pero creo que aún hay varios caminos”. Y observa Miguel Maura (Así cayó Alfonso XIII, pp. 153-154): “Ya en la mañana del 13, antes de que el Gobierno hubiese deliberado reunido y antes de que la calle hubiese mostrado síntomas de efervescencia, el conde (Romanones) estaba decidido a forzar las etapas para que el monarca abandonase la lucha”. Por la tarde de ese día 13, Aznar, presidente del Gobierno, declaraba: “¿les parece a ustedes poco lo que ha ocurrido ayer, que España, que se había acostado monárquica, se levantó republicana?” La frase, que en la práctica era un llamamiento a los contrarios a la monarquía a tomar la calle, se extendió por toda España como un reguero de pólvora entusiasmando a los socialistas y los republicanos.
Ese conocimiento de la debilidad de las instituciones constitucionales explica que cuando Romanones y Gabriel Maura, con el expreso consentimiento del rey, ofrecieron al comité revolucionario unas elecciones a Cortes constituyentes no lo aceptaran, habiendo captado el desfondamiento monárquico; no sólo fue rechazada la propuesta sino que, además, exigió la marcha del rey antes de la puesta de Sol del 14 de abril.
Así pues, se proclamaba la II República sin respaldo legal o democrático.
(Ricardo de la Cierva, Historia actualizada de la II República y la guerra de España 1931-1939, pp. 37 a 40, Ed. Fénix. Miguel Artola, Partidos y programas políticos 1808-1936, I, p. 597, Ed. Aguilar.  Pío Moa, Los personajes de la República vistos por ellos mismos, pp. 175 a 178, Ed. Encuentro. César Vidal, Paracuellos-Katyn, pp. 95-96, Ed. Libroslibres.)
Las elecciones a Cortes celebradas en 1936
Reseña documental de los historiadores, estudiosos del tema y analistas políticos que en diferentes épocas han publicado al respecto de la estimación del resultado electoral en los comicios de febrero de 1936.
Antonio Ramos Oliveira, historiador, indica que tras el recuento de los votos “al constituirse el Parlamento el núcleo más fuerte de la Cámara sería la CEDA.”
Elizabeth Wiskemann, periodista e historiadora, escribe en su libro titulado Europe of the Dictators. 1919-1945, que “la CEDA, dentro del Frente Nacional, continuó siendo el partido más numeroso, seguido de cerca por los socialistas y la Izquierda Republicana, ambas formaciones integradas en el Frente Popular.”
Santiago Galindo Herrero, analista político, titula en uno de los capítulos de su ensayo Los partidos monárquicos bajo la segunda República: “16 de febrero 1936: Triunfo izquierdista”; aunque afirma a continuación en el texto que “los votos daban la victoria a las derechas: 4.187.571 por 3.912.086 de las izquierdas.”
—Sir Anthony Eden, diplomático, escribe en sus Memorias, que los resultados demostraron una completa victoria de la izquierda, para precisar inmediatamente después que “si se añaden a la derecha los votos del centro, el Frente Popular estaba en minoría.”
Francisco Casares, periodista, destaca que en las pasadas elecciones España se dividió en dos mitades. “No hablemos del número de votos, porque está probado que las derechas tuvieron más y que sólo por el mecanismo de la ley electoral se pudo conseguir la mayoría efectiva para los que obtuvieron menos votos. Prescindamos de eso. A la Cámara debieron llegar, con arreglo a lo que imponían las urnas, el mismo número aproximado de diputados de centro-derecha que de izquierdas y partidos obreros. La serie de atrocidades que se cometieron en los escrutinios y las que después llevó a cabo la propia Cámara, desnivelaron el auténtico resultado.”
Julián Gorkin (Julián Gómez García), periodista y activista político, en su trabajo de colaboración en el libro The strategy of deception, señala que la situación exacta del resultado electoral era que la coalición de derechas obtuvo 4.446.000 votos y 164 escaños en la Cámara de diputados; el Frente Popular, 4.840.000 votos y 277 escaños. “El sistema electoral y la distribución de votos favorecieron al Frente Popular en el número de puestos en la Cámara, aunque el número de votos fue casi igual.”
Gabriel Jackson, historiador, resume el balance de las elecciones con estas palabras: “El Frente Popular alcanzó el 80 por ciento de los escaños, aunque sólo obtuvo el 50 por ciento de los votos.” Comenta Jackson que “de ser ciertos los datos facilitados por las juntas del Censo, la Izquierda obtuvo 4.700.000 votos, la Derecha 3.997.000, el Centro 449.000 y los Nacionalistas vascos (concentrados en cuatro distritos electorales) 130.000. Como votó una proporción de electores más elevada que en 1931 y 1933, lo mismo la Izquierda que la Derecha aumentaron la totalidad de sus votos; la Derecha en cerca de 600.000 (quizá la mitad de los que habían votado a los radicales en 1933), y la Izquierda en 700.000 (en gran parte, probablemente, anarquistas que se abstuvieron en 1933). Según inciden muchos analistas, los datos muestran un incremento de la fuerza efectiva de la Derecha, así como un total  de 4.576.000 votos que no pertenecían al Frente Popular.”
Hugh Thomas, historiador, refleja de la siguiente manera los votos emitidos: Frente Popular, 4.176.156; Nacionalistas vascos, 130.000; Centro, 681.047; Frente Nacional, 3.783.601. Los votos de centro, que se suman a los del Frente Nacional, derecha, corresponden a los agrarios, los republicanos conservadores, a los radicales en candidatura aislada y a los afines al partido centrista (Partido Centrista Democrático) del jefe de Gobierno en ese momento Manuel Portela Valladares.
Vladimir d’Ormesson, periodista y diplomático, afirma que la mitad exacta de los votos emitidos, 4.570.000, resultó favorable a los partidos de derecha; debiendo añadirse a ellos, por analogía, los 340.000 de los centristas. Al Frente Popular le asigna un total de 4.356.000, añadiendo los sufragios anarco-sindicalistas.
Salvador de Madariaga, diplomático e historiador, llega a la conclusión de que “en el seno mismo del Frente Popular triunfaron los elementos moderados sobre los extremistas, la burguesía liberal sobre el marxismo.” Reparte el porcentaje de la totalidad de votos emitidos en este sentido: socialistas y comunistas, 1.793.000; izquierda no marxista, 2.512.000; centro, 681.000; derecha, 3.783.601.
Javier Tussell, historiador, da un teórico empate a derechas e izquierdas. Según sus estimaciones, votó el 72% del censo, obteniendo el Frente Popular 4.555.401 votos; el Frente Popular aliado con centristas (en la provincia de Lugo), 98.715; el Partido Nacionalista Vasco, 125.714; el Centro (sin alianzas), 400.901; las Derechas (sin alianzas), 1.866.981; y las Derechas aliadas con centristas, 2.636.524. En números redondos, 4.650.000 votos para las izquierdas, 4.500.000 para las derechas y 500.000 votos para el centro.
Ramón Salas Larrazábal, historiador militar, da como resultado para el Frente Popular 4.430.322 votos y 4.511.031 para las derechas.
Comentario a las elecciones
José María Gil Robles: “Los resultados de las elecciones de 1936 en modo alguno reflejaban la realidad política., independientemente de que, hasta el último instante, fue una verdadera incógnita la composición de la Cámara. De las cuatrocientas cincuenta y seis actas presentadas en el Congreso, después de la segunda vuelta, sólo llegaron ciento ochenta y siete sin protestas.
“Este desencaje entre la realidad política y el resultado efectivo de las elecciones, quizá se debiera a que ‘la victoria de febrero se asienta sobre algunos supuestos falsos, los mismos, exactamente los mismos, sobre los que se asentó la República del 14 de abril’, según comentario del periódico El Socialista, en su número de 4 de junio de 1936.”
Miguel de Unamuno: Indica en un artículo el 11 de marzo de 1936 desde su columna en el periódico La Voz, que la raíz de ese falso sustento parlamentario de la República es una certeza. “En 1931 votaron la República personas que al salir del colegio ya se habían arrepentido. Hoy han votado el Frente Popular núcleos que a las dos horas ya lamentaban su equivocación. País de locos. Y cuando no, de tontos.”
Pío Moa Rodríguez indica que las discrepancias en la asignación de votos provienen de qué se considere “centro” y qué “derecha”. Algunos autores, como por ejemplo los profesores J. Linz y J. De Miguel, atribuyen a las izquierdas el 43 por ciento de los sufragios, mientras que a la derecha le asignan el 30 por ciento y al centro el 21 por ciento. Y es que no resulta fácil incluir al Partido Nacionalista Vasco en la derecha, siendo una formación política de derecha, ya que rehusó apoyar a las derechas nacionales españolas, contrariamente a lo que éstas hicieron, dando su apoyo a los nacionalistas vascos en la segunda vuelta electoral.
Casi todos los analistas, continúa señalando, y todos los políticos de la época, tuvieron al centro por hundido, sin rebasar los cuatrocientos a o quinientos mil votos. Dentro de la imprecisión de las cifras, puede decirse que con respecto a 1933 [las elecciones celebradas ese año], las izquierdas subían en un millón y medio de votos —de 3 a 4,5 millones —y las derechas en un millón —de 3,5 a 4,5—; aumentos provocados fundamentalmente por el naufragio del voto centrista que perdió entre 1,4 y 1,9 millones de sufragios. También deben sumarse los votos anarquistas, unos cientos de miles que engrosaron el cómputo de las izquierdas y, probablemente, fueron decisivos en Cataluña.
Concluye que “cabe suponer que algunos antiguos votantes de izquierda votarían a la derecha por temor a la revolución, y otros de derecha en sentido contrario debido a la frustración de los proyectos económicos de la CEDA propiciada por el presidente de la República Niceto Alcalá Zamora; así como por las medidas de saneamiento de la Hacienda del ministro Chapaprieta,  interrumpidas en el peor momento, cuando acarreaban sacrificios inmediatos a mucha gente sin que pudieran percibirse sus beneficios a medio plazo. Seguramente Manuel Azaña se benefició de esta situación, atrayendo hacia su partido Izquierda Republicana y el conjunto del Frente Popular más votos de lo supuesto en principio.
José Manuel Martínez Bande expone que en los comicios de 1936 hubo una nutrida participación, rondando el 76 por ciento del censo electoral. Las primeras noticias que circulan en las calles de Madrid y en las de las principales ciudades españolas inducen a creer en un triunfo del Frente Popular, aunque no se conoce fidedignamente recuento alguno de los votos. Como obedeciendo a una consigna previa, grupos en actitud levantisca, de matiz revolucionario, invaden las calles de la capital de España presionando con voces y actos a particulares, elementos de la función pública y cargos políticos. Presa del pánico, dando pábulo a la estrategia del miedo y la imposición, dimiten varios gobernadores, que son inmediatamente sustituidos por Comités políticos, los cuales se adueñan de despachos y oficinas y, lo prioritario, de las actas que van llegando de los colegios electorales. Casi sincronizadas con estas acciones de desalojo del poder empiezan la quema de iglesias y conventos.
El orden público ha desaparecido en aquellos lugares concertados para provocar un cambio en el Gobierno. Un gobierno quebrado y medroso, sin cabeza, pues Portela Valladares repite a derecha (Gil Robles, Primo de Rivera, Goicoechea y Martínez de Velasco) e izquierda (Álvarez del Vayo, Prieto y Largo Caballero), también a la cúpula militar (Franco, Fanjul, Goded), lo siguiente: “Yo no puedo hacer más que entregar ahora mismo el poder”. Sin concluir el recuento electoral de la primera vuelta ni garantizar la limpieza del escrutinio para acceder a la segunda vuelta. A todo eso, el presidente de la II República, Niceto Alcalá Zamora, a verlas venir, jugando con dos barajas e impidiendo la declaración del estado de guerra, que tras anunciarse en Zaragoza, Huesca, Teruel, Alicante, Oviedo y Valencia, es por él mismo anulada. Acepta, no obstante, y por aparentar una vigilancia cívica que cerque y aborte el caos reinante, el estado de alarma durante ocho días.
Pero el caos se generaliza en toda España ya el día 18 de febrero, transcurridos dos días de la primera jornada electoral. Literalmente el poder político está en la calle. En la mayoría de las provincias se detiene al adversario político o al significado contra los que pretende conseguir el poder a toda costa; se violenta la voluntad y la propiedad; se incendian lugares de culto; se liberan a presos políticos discrecionalmente y se proclama la victoria del Frente Popular en su versión socialista. A eso, los Gobiernos civiles, las Diputaciones y los Ayuntamientos sufren la invasión de las Comisiones frentepopulistas, que continúan apoderándose de todos los documentos de la reciente elección.
Desbordado Portela Valladares, más interesado n desaparecer de escena que de ejercer como jefe de Gobierno, en su limbo de anacronías el presidente de la República, expectantes las facciones de derecha y al asalto las de izquierda, Manuel Azaña, uno de los líderes del Frente Popular, se hace con el Gobierno a las nueve de la noche del día 19; y al cabo forma su equipo ministerial.
El intento personalista de Alcalá Zamora de crear un grupo artificioso que anulase electoralmente a la CEDA se vino al suelo con sorna y estrépito. Queriendo borrar a Gil Robles, Alcalá Zamora abrió las puertas a la revolución y las de su propio fracaso político; su criatura lo arrojó del poder. No tardaría demasiado esa misma criatura, hidra de varias cabezas, en echar del poder efectivo al factótum del Frente Popular: Azaña; otra pieza de usar y tirar.
Ángel Osorio y Gallardo escribe en sus Memorias sobre lo sucedido esas jornadas: “Lo ocurrido el 16 de febrero fue un terremoto.” “Desde aquel momento, España olvidó toda línea legal y toda norma de derecho.”
Manuel Tagüeña comenta en su libro Testimonio de dos guerras: “La impaciencia de los vencedores y el temor de los vencidos extendió inevitablemente un clima de violencia en todo el país.”
Niceto Alcalá Zamora publica en un artículo titulado Un año de Frente Popular en España, en Journal de Geneve: “A instigación de dirigentes irresponsables, la muchedumbre se apoderó de los documentos lectorales; en muchas localidades los documentos fueron falsificados.” “Se anularon todas las actas de ciertas provincias donde la oposición [entiéndase la oposición al Frente Popular] resultó victoriosa; se proclamaron diputados a candidatos amigos vencidos: Se expulsó de las Cortes a varios diputados de las minorías.”
En la segunda vuelta de las elecciones la violencia fue aterradora. Tras esa jornada vino un examen de las actas por una comisión presidida por el socialista Indalecio Prieto. En ella, y en opinión de Salvador de Madariaga, “se hicieron tales cosas que Indalecio Prieto no quiso compartir la responsabilidad de aquellas polacadas”; escrito en su obra España, p. 540.
En definitiva, las elecciones de febrero-marzo de 1936 concluyeron con el siguiente reparto de escaños en las Cortes: 278 para las izquierdas, 146 para las derechas y 36 para el centro.
Luis Suárez Fernández analiza los factores sociales y el juicio de algunas personalidades que vivieron aquellos momentos electorales conscientes de la repercusión del resultado y las acciones para tomar el poder de quienes sólo contemplaban la victoria en su estrategia política inmediata. Dando por cierta la dificultad de establecer con precisión las cifras del escrutinio, las sombras de fraude sobrevolaron la mayoría de las cabezas en el espectro sociopolítico; algunas para beneficiarse, otras por temerlo.
Las elecciones de febrero de 1936 fueron confusas al igual que lo era la ley electoral; una ley que otorgaba el mayor número de candidatos a una formación adscrita a un ámbito electoral regional o con sólo obtener un voto más, circunscripción a circunscripción, que el resto de formaciones participantes en el ámbito nacional. Si en las elecciones de 1933 el sistema de asignación de escaños favoreció a la derecha, en 1936 trasladó ese favor a la izquierda, quien ayudó con sus movimientos de agitación e interferencia en los recuentos a que la balanza se decantara con claridad de su lado.
Las listas de candidatos eran abiertas, por lo que todavía resulta más complicado atribuir el voto a cada partido. Además, la abstención cobrara mucho relieve ya que los votos emitidos eran los que permitían al candidato mayoritario atribuirse un porcentaje también mayor. Así pues, la diferencia entre el número de escaños conseguidos y el número de votos era enorme.
Por otra parte, las listas del censo eran más que deficientes, y la identificación del votante por medio de su ‘cédula personal’, sin fotografía, se prestaba a errores y abusos. De ahí que pudieran ‘votaran’ los muertos, los ausentes o por dos veces o por ‘delegación’ inexistente. Con la salvedad de que en aquellos distritos en que ningún candidato hubiese obtenido el 40% de los votos emitidos, la votación tenía que repetirse al domingo siguiente (23 de febrero en el caso que nos ocupa). De la segunda vuelta dependía el resultado final de las elecciones y la constitución de los grupos parlamentarios. Se sobreentendía que el Gobierno provisional a cargo del proceso electoral debía hacerlo hasta que éste concluyese del todo; pero en esas elecciones de febrero de 1936 no sucedió de la forma debida.
La propaganda electoral fue agresiva, invitando al odio y denunciando por una parte la represión y por otra la inercia revolucionaria. Las derechas advertían del peligro rojo mientras las izquierdas elogiaban el sistema soviético y alertaban contra el fascismo. Francisco Largo Caballero llegó a evocar el próximo “día de la venganza, en que no dejaremos piedra sobre piedra”. A medida que pasaban los días la violencia verbal iba en aumento, de tal modo que los oradores del Frente Popular convencían a propios y extraños que con su victoria se alcanzaría la revolución que, con sangre y justicia popular, traería la muerte a burgueses y capitalistas.
Un defecto mayúsculo del sistema electoral era que las impugnaciones sólo podían resolverse por las Cortes una vez constituidas. De este modo, si un partido lograba la mayoría o bien anulaba las reclamaciones de la oposición o bien era el mismo quien las formulaba para conseguir todavía mayores beneficios. Es decir: si uno de los bandos enfrentados en los comicios alcanzaba el poder antes de la segunda vuelta sacaría rédito de la superioridad que esto proporcionaba.
Las elecciones de 1936 se plantearon como un plebiscito entre orden o revolución. José María Gil Robles señaló que su formación política, la CEDA, había logrado un mayor número de votos que en las elecciones de 1933, y que ningún otro partido (el Frente Popular no lo era ni tenía programa) estaba en mejores condiciones para gobernar. El radicalismo de Alejandro Lerroux y el ideal centrista de Niceto Alcalá Zamora eran meramente humo. La arbitrariedad, con abuso de la ley, que apareció en la cuestión de las impugnaciones y las amenazas vertidas contra personas y bienes convencieron a  la derecha de que sus días estaban contados.
Dentro del Frente Popular, los liberales de izquierda descubrieron en seguida que eran un aditamento de las pretensiones socialistas, cuyos dirigentes no ocultaban que para ellos las elecciones de febrero eran la oportunidad, y sólo eso, para destruir el sistema liberal parlamentario. Manuel Azaña y José Giral se asustaron pero ya nada tenía remedio, suponiendo que su intención fuera la de poner remedio a lo causado o, en su defecto, patrocinado por acción u omisión. Grupos de extremistas pertenecientes a sectores no parlamentarios trataron de adueñarse de las calles en la tarde del 16 de febrero, todavía sin conocerse el resultado de la primera vuelta, creando, cual su objetivo, una sensación de inseguridad y poder ajena al resultado electoral.
Aniversario de la proclamación de la II República Española. | Imagen 12
Fuentes
José María Gil Robles, No fue posible la paz, pp.  523 a 526.
Luis Suárez Fernández, Franco, crónica de un tiempo, Vol. I, pp. 273 a 275.
José Manuel Martínez Bande, Los años críticos, pp. 149 a 154.
Pío Moa, 1936: El asalto final a la República, pp. 57 y 58. El derrumbe de la segunda República y la Guerra Civil, pp. 259 y 260.
Miguel Ángel Olmedo y Luz Trujillo
¬ 18/12/201
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